Comenzamos
este relato con un breve análisis de ciertos acontecimientos y situaciones
históricas previas al desembarco que facilitaran el entendimiento de los hechos
a aquellos lectores con un limitado conocimiento de la Historia de Cuba.
El autor,
participó activamente en los sucesos, como Oficial de Cubierta de la Fragata
Antonio Maceo a las órdenes del Capitán de Fragata Augusto Juarrero Erdman.
Nada de lo anterior fue ejecutado y como resultado, La Habana supo de la
salida del Granma cuando ya la nave estaba en alta mar. Además, no se sabía la
ruta planeada, ni el posible lugar de desembarco.
Esto hacía que el área a patrullar fuera tan extensa que no se poseyeran
los recursos necesarios para cubrirla. Además, el Granma era piloteado por dos
antiguos oficiales navales cubanos los que interceptaban los mensajes entre el
Estado Mayor y las unidades de superficie. Eso es una indicación de la pobre
calidad de la codificación usada o, peor aún, una indicación de que los
oficiales a bordo del Granma poseían
las claves vigentes.
Estas actividades de entrenamiento se llevaban a cabo como parte del llamado
Plan de Ayuda Mutua (PAM) entre Cuba y los EU.
El entrenamiento recibido elevaba notablemente la calidad técnica de las
distintas unidades. Al final del proceso de aprendizaje se llevaba a cabo una
inspección y ejercicios de operaciones navales.
Las
actividades de entrenamiento comenzaron pero, el 30 de noviembre recibimos un
radiograma del Estado Mayor ordenándonos abandonar Guantánamo y salir a
toda maquina para Santiago de Cuba, pues el Movimiento 26 de Julio estaba
atacando distintas instalaciones militares, entre ellas la Jefatura de la
Policía Marítima, que era parte de la Marina de Guerra.
Entramos en Santiago de Cuba en zafarrancho de combarte. Supimos que la
Fragata Máximo Gómez había intercambiado algunos disparos con los asaltantes y
había desembarcado personal. El
Comandante ordenó desembarcar un pelotón de soporte. Este pelotón estuvo
dirigido por los Alfereces Alonso y Rodríguez Viñas. Aunque llegaron hasta el la
Jefatura de la Policía Marítima, no entraron en combate, pues los asaltantes se
habían retirado después de ocasionar daños apreciables al edificio. Además, el
edificio estaba ya ocupado por personal de la Fragata Máximo Gómez.
El 2 de diciembre recibimos un segundo radiograma ordenándonos dirigirnos
hasta el Central Pilón (Ensenada de Mora) al Oeste de Santiago de Cuba ya que el
yate Granma había desembarcado en Playa
Colorada, Niquero. Inmediatamente izamos anclas y navegamos hasta Pilón, donde
fondeamos en espera de nuevas ordenes.
Estando fondeados recibimos instrucciones de recibir al Teniente de Navío
Julio Laurent, Jefe del Servicio de Inteligencia Naval. Este llegó en un avion
PBY de la Aviación Naval que amarizó en la bahía. Inmediatamente fue recogido
por la ballenera y traído a bordo en unión de dos de sus ayudantes. Radicaría en
la fragata por unos días, para disgusto de la Oficialidad; pues no era muy
popular por sus métodos y funciones de espionaje interno.
Desde el 3 de diciembre, el ejército comenzó el hostigamiento de los
expedicionarios causándole numerosas bajas. Después del combate de Alegría del
Pio, las fuerzas de Castro quedaron diezmadas y se dispersaron. Parte de los
expedicionarios tomaron hacia el Este bordeando la costa. Este es un terreno
inhóspito, con suelos de “diente de perro” lo que hiciera no solo que avanzaran
con dificultad, sino que también se cortaran los pies. Si a esto se le añade la
sed y el hambre, se ve que la condición física de este grupo era deplorable. El
día 4, el personal de Inteligencia Naval tuvo un encuentro con un grupo de
insurgentes y le ocasionó varias bajas.
Mientras esto sucedía, el Estado Mayor decidió establecer un cuartelillo
en Ojo del Toro. Si se observa un mapa o carta náutica del lugar, se
observara que el mismo está constituido por una pequeña bahía que muere al pie
de las montañas de la Sierra Maestra.
La bahía esta rodeada por farallones escapados con un camino ascendente
que permite la salida del lugar, En aquellos momentos existía la casa de un
campesino a la entrada del camino, desde la cual se distinguía toda la bahía y
sus aproximaciones desde el Oeste pues estaba a unos 150 metros de altura sobre
el nivel del mar. Por su posición era el lugar ideal para establecer un
campamento, pues, con la montaña a un lado y la bahía debajo, había que pasar
por allí para dirigirse al Este (hacia el central Pilón).
El Comandante Juarrero decidió establecer una posta en la susodicha casa.
Las órdenes de Juarrero eran bien claras, no disparar a menos que nos
dispararan, arrestar y conducir cualquier expedicionario a la Fragata.
Se organizaron tres pelotones para cubrir esa avanzada en base diaria.
Cada patrulla estaba formada por uno o dos oficiales y un pelotón de unos
veinte alistados. Es conveniente mencionar que la fragata se encontraba
fondeada, y nos trasladábamos de Pilón a Ojo del Toro en un camión del ejercito
(calculo que la distancia era de no menos de 10 millas). No teníamos equipos
portátiles de radiotelefonía, o sea, que no existían comunicaciones con la
fragata. Esto ponía el peso de cualquier decisión en el Oficial al mando.
La primera patrulla estuvo al mando del Alférez de Fragata Juan M.
Ignarra, la segunda fue comandada por los alfereces Alonso y Maletá y a mi me
tocó la tercera y ultima. Paso a relatar las incidencias de mi patrulla.
Al llegar a la casa organicé
varias postas a fin de evitar cualquier sorpresa. Como era costumbre, los postas
eran de dos horas con cuatro de descanso. Al amanecer, sonó la voz de alarma
pues un centinela detectó que alguien avanzaba. Se trataba de un guarda jurado
de la zona llamado Manolo Capitán que traía sobre su caballo a un expedicionario
con las manos amarradas a la espalda. Una simple observación
bastó para darme cuenta que el prisionero
estaba en condiciones físicas muy malas y que no ofrecía a peligro a nadie. Se
trataba de Mario Hidalgo Barrios Se le zafaron las manos, se le dio agua y
alguna comida. En aquellos momentos llegó un camión del ejército para
recogernos.
Sin dejármelo saber, nos condujo a un cuartel del Ejercito (desconozco
donde estaba situado). Una vez allí, el Oficial de Guardia trató de intimidarme
para que le entregara al prisionero, pero me mantuve firme diciendo que era un
prisionero de la Marina y que tenía ordenes del Comandante Juarrero de
conducirlo a la Fragata.
Después de un par de llamadas telefónicas del oficial
a su Superior, todo quedo resuelto y
pudimos proseguir nuestro viaje.
En este proceso se me ocurrió que el prisionero llamaría menos la
atención si iba vestido de marinero,
Le ordené a uno de los marinos que le diera la camisa y el gorro
a Hidalgo y así llegó hasta la fragata, donde se lo entregué
personalmente al Comandante.
Minutos más
tarde llegó Laurent con el rostro descompuesto por la ira y me señaló
que ‘lo único que faltaba era que vistieran de marinero a los
expedicionarios’
Laurent solicitó de Juarrero la custodia de Hidalgo, a lo cual este se negó.
Al próximo día recibimos otros dos
prisioneros. Se trataba de Jesús Montané Oropesa (Chuchu) y Norberto Abilio
Collado. Montané había participado en el
ataque del Moncada y Collado, que había sido el timonel del Granma, había sido
miembro de la Marina de Guerra. Ambos prisioneros habían sido capturados por
Manolo Capitán.
Todos los prisioneros fueron duchados
por nuestros sanitarios, pues no tenían fuerzas para hacerlo, curados y
atendidos médicamente. Además, se les dio ropa limpia y se habilitaron unos
pañoles como prisiones provisionales. En los días que estuvieron en la fragata
no dejaron de comer ni de ser médicamente atendidos.
El trato brindado a los expedicionarios del Granma en la fragata refuta la
propaganda comunista de que ‘todas las fuerzas armadas del gobierno de Batista
estaban formadas por asesinos y malhechores”
Para terminar este relato quiero exponer
cuatro
hechos posteriores los cuales pueden verse a continuación:
Indudablemente que la Historia absuelve a aquellos que la distorsionan….