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“El Dutchman’s log”, conocido por unos pocos viejos marinos cubanos como “El
Palito Holandés”, es quizás el método más antiguo que se conoce en la historia
de la navegación para determinar la velocidad del buque. No por su ancianidad
puede considerarse obsoleto, el desarrollo de las ciencias y las técnicas en el
campo de la navegación, no han podido sepultar todos aquellos métodos o
instrumentos que una vez utilizaron nuestros antecesores.
Un ejemplo viviente de esto que les menciono lo constituye el compás magnético,
conocido por la gente común como brújula. El girocompás no ha logrado expulsar a
ese viejo instrumento de su lugar privilegiado en el puente. ¿Por qué? Porque el
giro puede quedar fuera de servicio por diferentes razones técnicas, mientras
que un compás magnético bien atendido solo quedaría fuera de servicio al
desaparecer el magnetismo de la tierra del que se vale para estar eternamente
indicando la dirección del polo norte magnético. Igual suerte corre el anciano
sextante y todas las tablas utilizadas para calcular la posición del buque por
los astros ante la presencia de la navegación por satélite.
Sin embargo, la aparición de esos novedosos equipos e instrumentos de
navegación, condenó a la indiferencia aquellas viejas herramientas que nunca se
sabe cuándo puedan ser utilizadas. Acostumbrados al aire acondicionado del
puente, radares computarizados, ecosondas, satélite, alarmas conectadas a la
mayoría de los equipos, y sobretodo, acomodados a que dichos equipos ocupen y
desarrollen el trabajo del hombre, el hombre se ha convertido en una figura
decorativa en el puente de las naves, indiferente por completo a las
complejidades que implican una verdadera navegación y que pueden ser útiles en
un momento dado.
Cuando por una u otra razón quedaban fuera de servicio algunos de aquellos
novedosos equipos, algo que puede suceder en cualquier aventura marítima,
aparecía el hombre incapaz de solucionar los problemas, porque hasta ese momento
no había dejado de ser un esclavo de ellos.
Recuerdo que en dos oportunidades me vi enredado en situaciones como las
descritas, navegación por el océano Pacífico y Atlántico sin posiciones por más
de una semana y ausencia total de aquellos mencionados equipos. Era sumamente
necesario conocer la velocidad del buque para desarrollar una navegación
estimada lo más cercana posible a la realidad. ¿Cómo obtenerla? Se preguntaban
en ambas oportunidades y existía una justificación ante aquellas dudas. En el
programa de Navegación de Estima de la
Academia Naval del Mariel no se contemplaban muchos de aquellos históricos
métodos que, muy pronto comenzaron a ser sustituidos por material que nos
llegaba desde la extinta Unión Soviética.
Barrabasada que tuvo su costo a bordo de nuestras naves en años posteriores,
porque se pretendió sustituir todas las tablas, cartas y métodos de navegación
tradicionales. El daño peor ocurrió con la formación de aquellos muchachos
enviados a estudiar navegación en academias del campo socialista, y luego debían
comenzar desde cero en nuestras naves. Situación provocada innecesariamente si
se tiene en cuenta que Cuba contaba con una magnífica academia naval.
Polilla de cuanto libro de navegación existía y viajando siempre con el
American Practical Navigator (de los pocos que sobrevivieron en la biblioteca de
la mencionada academia), libro que viajaba conmigo como si fuera mi Biblia
personal. Se me ocurrió poner en práctica aquel viejo método para determinar la
velocidad del buque. Era muy sencillo, situaba a un hombre en la proa del buque
para que lanzara un objeto flotante al agua por la banda de sotavento. Yo
permanecía en el puente con un cronógrafo en la mano, mientras otro hombre era
ubicado en el punto más a popa de la nave. Cuando daba la orden de lanzar aquel
objeto que en la antigüedad era un trozo de madera, al caer al agua yo activaba
el cronómetro. Luego, al recibir la señal del hombre en popa de que el objeto
había pasado por ese punto, yo detenía la marcha del cronómetro y observaba los
segundos consumidos en su recorrido de proa a popa. Podía repetir la experiencia
para tener más seguridad. Se realizaban operaciones matemáticas simples, si el
objeto había recorrido la eslora del buque (metros conocidos) en tantos
segundos, era necesario hallar los kilómetros por hora y luego hacer la
conversión a millas por hora teniendo en cuenta que una milla náutica es igual a
1852 metros=6080 piés. Como pueden
observar, era un método sencillísimo de realizar y con bastante exactitud, pero
inexistente para muchos de los oficiales que navegaron conmigo como
subordinados.
En la historia naval aparecerían después varios instrumentos y equipos que
sirvieron para determinar o calcular la velocidad del buque desde la pionera
Corredera de Barquilla. Años posteriores aparecería la corredera mecánica y por
último, la corredera que calcula la velocidad por las presiones de agua que
penetran durante la marcha del buque en un tubo que es sacado por el fondo del
casco (tubo de Pitot) Nombre empleado en honor al francés que inventó el método
aplicado en naves y aeronaves. Pero la historia sería larguísima de contar y ese
no es mi propósito.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2007-09-25
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