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Cuando pasaba aquellos cursos de recalificación siendo Primer Oficial y muy
distante en el tiempo de aquellas clases en la academia. La psicóloga se
empeñaba en hacernos comprender decenas de reglas teóricas con pocas
aplicaciones en la práctica. Tal vez la tenían o tuvieron, quizás éramos brutos,
probablemente los tiempos habían cambiado y nosotros no nos dimos cuenta de
ello, mi teoría era otra, muy ajena a la explicada por la doctora.
Para mandar hay que tener güevos, nada que ver con las posturas de aves, eso me
enseñó la experiencia a través de los años. Con tripulaciones cubanas se rompían
todas las teorías de psicólogos y psiquiatras, se perdían teoremas, pronósticos,
tesis, análisis, etc. Conocía muy bien al marino porque yo había comenzado desde
cero, como un simple marinero, sabía lo que pensaba, lo que deseaba, lo que
soñaba y cómo respondía ante eventualidades. Luego y con el paso de los años,
todos esos conocimientos se iban desvaneciendo, no conocía al hombre y menos aún
al marinero.
Un jefe, siempre me dije; ”Debe ser un individuo respetado y querido a la vez”.
Muchas veces comprobé estar equivocado y aquel pensamiento se transformaba en el
siguiente; “Un jefe, debe ser respetado y temido”. Siempre tuve la oportunidad
de diferenciar cuando era necesario aplicar una de las dos variantes.
Nunca creí en los “guapos”, esa guapería yo la eliminaba antes de salir de
puerto, el Primer Oficial de un buque es el artífice de su buen funcionamiento,
no solo en sus operaciones mercantiles, creo que lo más importante y difícil
resulta, su directa vinculación con el personal a bordo como sustituto del
Capitán. Un buque con un Primer Oficial o Capitán cobardes, obtiene viajes
catastróficos. No hay necesidad de aplicar medidas extremas y menos aún,
utilizar el trabajo como arma de venganza en contra de los hombres, algo muy
frecuente en nuestra marina mercante. En términos generales muchos de aquellos
tripulantes afectados por esas medidas, tomaban su desquite en tierra donde
ambos eran simples ciudadanos ante las leyes. Otros, no tenían la ecuanimidad
suficiente para esperar este momento, y tomaban las leyes por sus manos en
cualquier lugar donde se encontrara el buque. Existen muchos hechos que
confirmarían lo que expreso, pero nos apartaríamos del fin de este trabajo. Por
lo general, los capitanes u oficiales que actuaban de esa manera eran cobardes y
yo aprobaba los resultados finales.
Cuando al fin me gradué de oficial viví un período de transición muy difícil de
superar, era cowboy y pensaba como indio. Esto no le sucedería a un egresado
directo de la academia, esa persona sabe perfectamente que se había graduado de
cowboy y nunca había vivido la experiencia de ser un simple indio. Aquello me
produjo infinidad de dificultades, protestaba como cualquier tripulante ante
medidas que consideraba injusta, sin darme cuenta de la posición que ocupaba.
Eso traía como consecuencia el rechazo de algunos superiores y con toda su
razón, porque más tarde y a golpe de trancazos, llegué a comprender que era un
oficial y no un dirigente sindical. Por encima de aquellos golpes sobresalieron
las traiciones de aquellos por los cuales yo alzaba mi voz, hasta que un día me
dije; ¿Qué rayos estoy haciendo? Yo soy un oficial y debo actuar como tal, tengo
que defender mi comida y posición, al carajo con todos aquellos que temen
defender sus derechos, ese es su problema. Poco a poco fui entrando en caja y mi
mentalidad cambió de la misma manera que iban cambiando los hombres.
Cuando al fin pude llegar a Primer Oficial y me tocaba recibir los documentos
de los nuevos enrolados, yo los sentaba en mi oficina y éstas eran nuestras
primeras palabras.
-¿Tú eres guapo?- Era una pregunta inusual e inesperada que el otro recibía con
sorpresa.
-No Primero, yo no entro en guaperías.- Fue la respuesta que siempre me dieron,
era lógico, decir lo contrario significaba mi rechazo a su aceptación a bordo.
-Te lo digo porque yo no creo en guapos, mi guapería es con el trabajo, esa es
la guapería de todos mis subordinados. Tienes tiempo para pensarlo muy bien
antes de partir de viaje.- En términos generales allí quedaba aquella
conversación. Al tipo guapetón se conoce por la ropa, el andar, la manera en que
se expresa, el pelado, la forma en que mira a los otros, etc. Cuando salía de mi
camarote sabía que no podía alardear de esa cualidad o defecto, entre nosotros
dos se establecía un silencioso pacto que muy pocas veces rompieron. El, por sus
deseos o necesidades de embarcarse y dar aquel u otros viajes, había renunciado
a su condición de guapo y sabía que si rompiera aquellas normas yo se lo
recordaría.
No cuenta en mis antecedentes haber expulsado a ningún marino de la flota,
aunque les confieso que hubo casos en los que no me faltaron deseos. Nunca le
hice un informe a nadie que pudiera arrastrar en su expediente como una condena
impagable, basta recordar que no fue hasta los años ochentas, donde se decidiera
borrar las manchas de esos expedientes que se cargaran como un crucifijo durante
tu vida laboral. Muchas personas debieron morir con su expediente sucio por
cualquier bobería o arbitrariedad, seres que fueron víctimas del acoso constante
de cobardes dirigentes siendo buenos trabajadores.
Mi práctica era otra y muy aceptada entre los hombres, a la hora de tomar una
medida en contra de un tripulante, siempre pensé mucho en su familia, cosa que
no hacía el propio tripulante y yo sentía rabia por ello, lo llevaba hasta mi
oficina.
-Sabes que metiste la pata hasta los mameyes, debes suponer que si te hago un
informe pararías en Justicia Laboral y allí no perdonan, vas directico a la
calle.- Le decía mirándole a los ojos.
-Fallé, de verdad que fallé Primero.- Me decían dando muestras de
arrepentimiento casi siempre.
-Mira, yo no soy hombre de informes ni de expulsiones, esa tarea se la dejo a
otro. ¿Sabes por qué no te boto a la calle? Porque conozco a tu familia, ahora
cuando salgamos del buque nos encontraremos con todos ellos en el muelle
esperándonos. ¿Crees que pudiera saludar con afecto a tu madre o esposa? Por
supuesto que lo haría porque ellos no saben nada de esto, luego me quedaría el
remordimiento de haberlos privado de muchas cositas que no disfrutan en el
pueblo, porque al hijo o marido estúpido se le ocurrió meter la pata.-
-Tienes toda la razón.- Era lo único que alcanzaban a decir.
-Bien, no tengo intenciones de joderte, pero no puedes continuar en este barco.
En cuanto llegues a Cuba presenta crisis con la enfermedad de cualquier
pariente, sea madre, esposa o hija, en fin, yo sé que me entiendes. Saldrás
desenrolado y que otro se encargue de pasarte la cuenta si reincides.- Hubo
muchos que rectificaron su actitud, otros fueron un desastre y pararon en la
calle. Alguno de aquellos seres coincidieron conmigo en la calle y siempre me
saludaron con afecto, todo lo contrario a lo ocurrido a varios capitanes y
oficiales de la flota.
Yo robé para mi barco y mis hombres, fueron muchas las ocasiones en las cuales
no llegaba el dinero para pagarnos, y peor aún, no llegaba para comprar víveres.
Pasamos mucha hambre a bordo de nuestros buques, una vez que te encuentras en
mar abierto no existen posibilidades de aliviarla. No fueron pocas las veces en
las que cambié material del barco por comida. Tampoco escasearon aquellas en las
que alteraba una factura y conseguía materiales para dar mantenimiento a
nuestros buques, siempre buscando la manera de estimular a los hombres que
trabajan conmigo, es increíble hoy que vivo aquí. Hacía felices a aquellos
hombres con una cajita de Coca Cola o una botellita de ron, cuando la cantidad
no alcanzaba para todos me la bebía con ellos, hoy resulta insignificante y
hasta ridículo mencionarlo, pero en aquellos tiempos donde la mayoría de los
capitanes, jefes de máquinas y sobrecargos eran unos verdaderos ladrones, esos
sencillos gestos eran muy bien valorados por nuestras tripulaciones. Por eso
decía que prefería a un jefe querido y respetado.
El tiempo cambió y con ellos los hombres también, llegué a dudar entonces si
existían hombres en nuestros barcos en el verdadero sentido que le dábamos los
cubanos a esa palabra.
La marina se vio invadida de seres de rostros falsos y doble moralidad, hombres
por los cuales luchabas y luego recibías como premio la traición. Dejaba de
tener efecto aquel criterio anteriormente expuesto y cobraba valor el siguiente;
Era bueno el jefe querido y temido. Navegué con tripulaciones muy buenas, gente
marina y enamoradas de su profesión, individuos que muy pronto iban
desapareciendo del escenario marítimo cubano, para darle paso a los “idóneos”,
los barcos se llenaron de militantes comunistas, ellos solo entendían el
vocabulario del látigo.
Hay personas que formaron parte de tripulaciones sumamente malas que todavía
deban acordarse de mí, un ejemplo de ellas lo es aquella que integró el buque
“Otto Parellada”, casi todos eran negros y tenían a su capitán, negro también,
en un pedestal o altar. Éramos poquísimos los blancos en el primer viaje que di
a bordo de aquella nave, allí la vida resultaba ser un infierno, claro, por
encima de mí solo existía el Capitán, pero debo imaginar las penurias sufridas
por los subalternos. Gozaron como quisieron aquellos cabrones todo ese viaje,
pero todo tiene un límite en la vida y ese para ellos resultó muy corto. Embarcó
otro capitán blanco y de ojos verdes, fue fatal para aquellos cabrones desde el
momento de su enrolo. Aún recuerdo sus palabras minutos después de firmar el
acta de entrega, llegó a mi camarote y me dijo; <Látigo con todos estos negros
desde ahora hasta que nos bajemos de este buque.> Así mismo fue, saqué mi fusta
y cada vez que pasaba por el lado de alguno de ellos le daba un latigazo.
¿Racismo? ¿Qué rayos saben ustedes lo que sucede en Cuba? Hoy existe mucho más
racismo que el encontrado por Fidel cuando asumió el poder, hoy existe mucho
odio entre habaneros y orientales nunca vividos cuando el gobierno de Batista,
no quieran saber tampoco como funciona un barco repleto de orientales. Solo
puedo asegurarles una cosa, ese viaje cagaron pelos conmigo, me temían y
respetaban como a nadie, y lo más lindo de todo, la mayoría de ellos era
militante del partido. Recuerdo que al final de ese viaje se personó en mi
camarote el Secretario del Partido, era un negro como de unos seis pies de
estatura, como es de suponer, traía en sus manos una evaluación que el partido
realizaba a los oficiales de importancia cada viaje, era un mecanismo devorador
de hombres. Yo podía tener una larga trayectoria en la marina mercante, una
historia de años de servicio larguísima, y un día, un solo día de esa puta vida,
le caía mal a un individuo que ocupara la plaza de Secretario, me hacía una mala
evaluación y todo se venía al piso.
En la Empresa se limpiaban el fondillo con todos los antecedentes de mi
servicio a la flota, solo tenía valor la palabra de aquellos hijoputas en su
momento. Pues ese día se aparece el negro Scull con su evaluación sobre mi
persona, después de leerla lo expulsé de mi camarote sin filmarla. Creo que mi
expediente con ese tipo de evaluaciones era más grueso que la Biblia, ninguna
estaba firmada y cada vez que me citaban para ello yo me negaba a firmarlas,
carecían de valor.
Con relación al problema de los negros en la marina mercante cubana y las
afirmaciones de que en Cuba antes de Castro existía racismo, argumento solo
usado para sumarse la simpatía de los negros a su causa, vale destacar un
acontecimiento que fue conocido en toda la flota, pero ignorado por la
ciudadanía.
A finales de los años ochenta y con la caída del bloque comunista, la isla se
vio obligada al flete o arriendo de naves que sustituyeran los servicios
prestados por las de aquellos países. En una de esas oportunidades arriendan un
buque a casco desnudo, es decir, sin tripulación, pero al parecer en las
cláusulas de aquel contrato el armador (propietario del buque) exigió la
presencia de un Capitán puesto por él en su barco.
Qué les cuento, el individuo era de origen inglés y cuando comenzaron a enrolar
a los marinos cubanos, comprobó que la mayoría de ellos eran negros. Paralizó
aquella maniobra y le expresó a Navegación Mambisa (Única empresa estatal que
operaba buques de travesía) que no deseaba a ningún negro a bordo. Se indignaron
los prietos, se movilizó el partido, hablaron infinidad de mierdas, pero
tuvieron que bajar a todos los negros del barco. Bueno, esto parece algo
insignificante, pero no es tan simple como ustedes piensan. Cuba había alquilado
un barco, como bien pudo ser un autobús, en ningún contrato se estipula el color
de la piel de los marinos, porque eso sería una aceptación a prácticas racistas.
Práctica que fuera aceptada por el gobierno cubano sin ningún tipo de
explicación para los afectados.
En mis veinticuatro años como marino de la flota mercante cubana, nunca existió
insubordinación o motín a bordo de nuestras naves, aún cuando sobraron razones
para ello. No fueron pocos los viajes dados donde no se nos pagara nuestros
míseros salarios, no llegara el dinero para comprar los necesarios víveres para
continuar viaje, o no se enviara un enfermo al hospital para no incurrir en
gastos. Los hombres se mantenían soportando esas extremas condiciones (me
incluyo), con toda la pasividad que pueda acumularse en el mundo. Una muestra
reciente de esto que expreso, ha ocurrido en Holanda donde en un barco retenido
por más de un año, su tripulación se mantuvo aferrada a la nave soportando un
crudo invierno y viviendo a expensas de la caridad pública. Esa actitud general
refleja el estado de destrucción en los valores humanos de nuestros hombres, que
se comportan como simples carneros allí donde la hombría era motivo de orgullo.
Solo existió un buque en toda nuestra historia donde se realizó una demanda
colectiva, me refiero al “Renato Guitart”, creo que capitaneado por Macías.
Ganaron su demanda pero luego les aplicaron la ley de “Divide y vencerás”.
.............. Unos días antes de la partida de Luanda a bordo del buque
“N’Gola”, la compañía Angonave puso una circular en uno de los murales
existentes en el barco, en ella se expresaba cual sería el estipendio que
recibiría la tripulación en puertos extranjeros. Los simples marinos y
maestranza cobrarían $9.00 dólares diarios a partir de la salida del último
puerto angolano, incluyendo navegación de regreso. La Oficialidad cobraría la
fabulosa suma de $11.00 dólares, como es de suponer, nadie podía imaginar el
júbilo existente entre todos nosotros los cubanos, era lógico que aquella cifra
representara mucho para aquellos acostumbrados a cobrar un dólar diario. Pero la
felicidad del pobre dura muy poco como dice el refrán. El mismo día de nuestra
anunciada salida con destino a Argelia, se estacionó muy cerca de nuestra escala
un hermoso Mercedes Benz de color negro. Embarcó un individuo al que nadie
conocía y se mantuvo reunido con el Capitán durante más de media hora. Pocos
minutos después de su partida fuimos citados al camarote de Calero, y allí nos
comunicó o leyó la orden recibida de aquel individuo que resultó ser, el
delegado del Ministro de Transporte cubano en Angola, su nombre, bueno, ese
nunca se me olvidó, Amador del Valle.
Aquel entusiasmo cayó con más violencia que las aguas en las cataratas del
Niágara, se nos informaba que, nuestro salario sería de un dólar diario a partir
de la salida del último puerto angolano. O sea, ganaríamos mucho menos que si
nos encontráramos navegando en buques cubanos, porque el tiempo gastado en
Angola no contaría, así partimos.
Debo confesar sin embargo, que las condiciones de vida en esa nave superaban
con creces a la de los buques cubanos, comíamos a la carta y los cocineros eran
experimentados, teníamos un panadero a bordo cuyo trabajo consistía en elaborar
el pan del desayuno, almuerzo y comida (un verdadero lujo impuesto por los
portugueses) Tenía el buque un lavandero que se encargaba de la ropa de cama y
la de todos los tripulantes (otro lujo). En este barco se entregaba una caja de
cerveza semanal, una botella de bebida espirituosa, una caja de refrescos, medio
litro de vino en las comidas diarias, dos cartones de cigarro, y mensualmente
nos entregaban un botiquín (una cajita), con jabones de baño, loción para
después de rasurarse, colonia, talco, cuchillas de afeitar, ambientador para el
camarote, desodorante, máquina de afeitar, papel sanitario, detergente, etc.
Algunos de esos artículos eran pagados por los tripulantes en moneda angolana
(Kwanzas), sin embargo, por generosidad de la compañía, se le entregaba a los
tripulantes cubanos totalmente gratis.
Aquellas condiciones exquisitas para nosotros no lograron cambiar nuestro
estado de ánimo, era absurdo que un simple marinero cobrara nueve veces lo que
recibía un oficial y todo en nombre de eso que llamaban internacionalismo
proletario.
Durante la navegación yo iría impartiéndole clases de navegación a dos
agregados angolanos, uno de ellos era bien negro y con nivel universitario, un
individuo al que el racismo le brotara por los poros y nunca te miraba de
frente, éste hacía sus guardias con Miyares. El otro era un mulato claro y de
ojos pardos, se llamaba Piedade y era de origen pequeño burgués en Angola, su
padre era Capitán de los pequeños barcos dedicados al cabotaje en el país. Era
un muchacho bastante débil de cuerpo y carácter, apenas comía muy bien y era su
primera experiencia alejado de la familia. Yo no sé si le metía a la mariguana,
pero siempre andaba por las nubes, una vez le pedí una pastilla para el dolor de
cabeza y tuve que llamar otro oficial para que me relevara en el puente, todo
parece indicar que se equivocó y me sonó una de aquellas con las cuales se
elevaba, quedé totalmente endrogado y al día siguiente sentí deseos de matarlo.
Como quiera que fuese, Piedade era miembro del pequeño círculo de mulatos a
bordo, blanco de todos los ataques racistas de los negros y llegué a sentir
compasión por este ser inofensivo.
Cada vez que existía una agresión entre tripulantes, todos los trompones
aterrizaban en el rostro de algún mulato, uno de esos días y en plena maniobra
de entrada al puerto de Cádiz, pude observar como un negro abusaba de un viejo
mulato. Nosotros teníamos orientaciones de no intervenir en esos problemas
directamente, para ello contaban con un político angolano. De todas maneras y
poniendo el parche antes de que saliera el grano, reuní a todo el personal de
cubierta en la popa y les mostré una barra de acero de un metro de longitud.
-Sépanlo bien, el que solo intente levantarme la mano se la voy a jorobar en la
cabeza.- Fue todo lo que expresé.
-Mire camarada.....- Intentó explicarme uno y le corté la inspiración.
-Yo no soy camarada, soy el Segundo Piloto y vine a trabajar, el que trate de
tocarme la va a pasar muy mal.- No acepté explicaciones y ordené que ocuparan
puestos de maniobra.
Arribamos al puerto de Bejaijia en Argelia para descargar unas dos mil
toneladas de café en sacos. Llegamos en un mal momento porque se encontraban en
período de ramadám, las operaciones eran sumamente lentas, en cualquier país esa
descarga nos tomaría unos dos o tres días, allí se aproximaron al mes.
Compartíamos desgracias con un barco de bandera española y por ese mutuo imán
nos visitábamos casi a diario, existían pocos lugares para visitar en ese
pequeño puerto. Así un día, hablando de negocios comunes entre marinos, les
propusimos café como mercancía y ellos aceptaron. En horas de la madrugada,
nunca antes de las dos y cuando todos se encontraban durmiendo, transportábamos
nuestras mercancías con el uso de carretillas, era un constante ir y venir de
sacos de café desde nuestro buque al español, todo esto ante la mirada atónita
del tripulante de guardia en el portalón, quién no podía comprender nada, menos
aún que fuera la propia oficialidad la dedicada a estos vulgares menesteres.
Días después el tráfico fue intenso, por poco era necesario establecer leyes de
tránsito para carretillas, los negros eran buenos conductores también. Mis
ventas y las de ellos continuaron por varios países europeos, el resumen de
nuestra descarga sería en Rótterdam y allí mismo procederíamos a la carga del
buque con destino Angola.
Las operaciones habían concluido y se estaban limpiando las bodegas para
recibir nuevo cargamento, hubo dos días de inactividad y lo empleábamos de
acuerdo a nuestras posibilidades. Lazarito (el sobrecargo) y yo, nos dimos vida
de millonarios en Polonia, con el remanente de nuestro dinero continuamos
nuestras aventuras en Rótterdam, la última borrachera nos dio por alquilar una
limusina en la entrada del hotel Hilton y con ella nos aparecimos a las seis de
la mañana en el barco. Éramos los únicos jóvenes entre los cubanos y no
escatimábamos a la hora de vivir nuevas experiencias, ese día la borrachera nos
dio por eso, fuimos felices y nada mas.
Una de esas dos tardes estábamos en la sala de juego del buque, competíamos con
Amilcar al ping pong, no hubo forma de ganarle a aquel portugués, era buenísimo
jugando. En una de esas se aparece Miyares y pregunta por el Oficial de Guardia,
era pendejo hasta para eso, para preguntar digo porque él sabía que yo era el
que estaba de guardia.
-Soy yo, ¿qué pasó?- Le pregunté mientras le indicaba con un gesto a Amilcar que
detuviera la bola.
-No sé, pero creo que los negros están amotinados y subieron la escala del
buque.- Me respondió el tipo mientras se retiraba sin tiempo a solicitar
explicación. Le pedí al portugués que aplazara la partida y me dirigí a la
cubierta. Junto a la bodega número cuatro se encontraba un numeroso grupo de
tripulantes y me llamó la atención, no les hice caso y continué hasta el
portalón. Pude comprobar que la escala había sido izada y en su lugar se
encontraba el timonel de guardia, era un tipo bastante noble. Nunca he olvidado
los efectos producidos por el factor sorpresa y la primera impresión que se
pueda causar ante un adversario, eso no falla, es como ese refrán que dice; “El
que da primero, da dos veces” y me le adelanté cuando vi que se dirigía hacia
mí.
-¿Por qué cojones la escala se encuentra izada?- El tipo frenó en seco ante esa
manifestación expresada en una mezcla de portugués y español.
-El camarada Oficial de Guardia me ordenó que la subiera.- Respondió algo
desconcertado, oportunidad que supe aprovechar para continuar a la ofensiva.
-¡Arrie inmediatamente la escala!- Le ordené sin ocultar algo de agresividad.
-Es que el Oficial de Guardia me ordenó..... – No lo dejé concluir.
-Aquí no hay mas Oficial de Guardia que yo, arríe la escala ahora mismo.-
-Es que el camarada Piedade me dijo....... – Tampoco lo dejé concluir.
-¡Cojones! Que arríe inmediatamente la escala le he dicho, aquí no hay mas
Oficial de Guardia que yo.- En ese momento de turbación por parte del
tripulante, Piedade abre la puerta que da al portalón y lo agarré por el cuello,
fue una sorpresa para él conocer también verme en ese estado de agresividad.
–¡Baje la escala cojones!- Le repetí al timonel y vi cuando se dirigía al
chigre, lo accionó mientras yo conservaba a Piedade agarrado por el cuello y
apoyado contra el mamparo junto a la puerta, con el puño levantado y apuntado
directamente a su rostro.
Cuando la escala descansó en el muelle me llevé a Piedade hasta la cubierta del
Capitán y lo encerré en un camarote con llaves. Una vez con Calero, lo puse al
corriente de la situación y mandó a buscar al político del buque, era un
muchacho que perteneció a las FAPLA y de apellido Webber, otro de los escasos
con cultura en el buque y que luego fuera amigo mío.
-Político, desenrola a todos los tripulantes de este buque por amotinarse en el
buque.- Le dijo Calero, Webber trató de explicarle algo y Calero no lo dejó
terminar. –Te he ordenado que desenroles a todos los tripulantes, los ocho
cubanos que habemos aquí nos llevamos el buque para Angola.- El político no le
replicó y abandonó el camarote del Capitán, minutos después subía con Leandro,
era un fornido negro de la zona de La Ilha en Luanda, un pequeño casería próximo
a la base de la marina de guerra en lo que era el rompeolas natural que daba
forma a la bahía de aquella ciudad. Leandro era el secretario del sindicato a
bordo y gozaba de popularidad entre los marinos, era un líder espontáneo al que
todos respetaban.
-Camarada Capitán, nadie desea quedarse en Rótterdam.- Fue lo primero que
expresó Leandro al llegar al camarote.
-Lo siento Leandro, pero toda esa gente amotinada se queda aquí.- Le contestó
con firmeza.
-Camarada Capitán, vamos a negociar.- Casi suplicó el negro.
-Aquí no hay negociaciones que valgan, van a ser todos desenrolados
inmediatamente por traidores.-
-Camarada Capitán, es que los tripulantes tienen sus razones para actuar así.-
-¿Cuáles razones Leandro?-
-La gente se encuentra disgustada porque cuando el buque era comandado por los
portugueses, todo el fruto de la barredura de las bodegas era vendido y el
dinero repartido entre la tripulación.- Le explicó el sindicalero.
-Pues bien, puedes decirle a la tripulación que a partir de ahora todas esas
costumbres quedan suspendidas, el que no esté de acuerdo que avise para darle su
desenrolo.-
-Déjeme hablar con ellos antes de que usted tome esas medidas.-
-Claro que si, pero explícale que ese dinero se va a emplear en artículos para
el buque.- Leandro se retiró por varios minutos, los suficientes para que yo
también comprendiera que la tripulación tenía toda la razón del mundo para
actuar así. Los anteriores, los portugueses, los colonialistas, los
explotadores, les ofrecían esas simples migajas a los tripulantes y los hacían
felices. No eran tan simples esas migajas cuando el valor de aquellas barreduras
ascendieron a unos 18 000 florines, monto que era respetable en aquellos
tiempos. No tocarían a mucho, pero era una manera de estimular a los hombres, la
misma que yo utilizaba con tripulaciones cubanas, pero mucho más humildes. Creo
que ese fue el solo punto de discordancia que tuve con Calero en el año y medio
de permanencia en aquel barco. Fue una decisión muy particular que no se
encontraba comprendida en ninguna de las reglamentaciones que regían nuestras
vidas, sentí una verdadera pena por aquellos tripulantes, me avergoncé de haber
agarrado a Piedade por el cuello, sin embargo, no creo que existiera otra
opción. En momentos como esos se debe reaccionar con suma rapidez, porque se
encuentra en juego algo mucho más valioso que la barredura del café. Nosotros
éramos ocho cubanos y numéricamente tocábamos a seis angolanos per cápita,
descontando a los pendejos esa cifra aumentaría, fue necesario ser violento
entonces. Con aquel dinero se compraron televisores y videocaseteras, no creo
tampoco que el valor de esos equipos ascendieran a la suma mencionada.
Angola continuó comprando barcos, en la medida que trataba de incrementar su
flota, en esa misma medida tenía que contratar oficialidad cubana. Aquellas
tripulaciones nuestras y posteriores a nosotros, se vieron privadas de aquellos
beneficios que nosotros disfrutamos, cada Capitán y en aras de obtener méritos
individuales, suspendía la adquisición de artículos sin que nadie se lo
orientara, tal es el caso del Capitán Ervitti y otros que sucedieron a
Calero, suspendieron el medio litro de vino diario, luego la cerveza semanal,
luego el botiquín y así, hasta conducir la vida en esos buques a niveles de
miseria comparables con las de los cubanos. Esto no me lo contó nadie, pude
palparlo en mi última visita a Angola. A las censuras y privacidades impuestas
por el gobierno cubano, hay que sumarle también la de seres que la aplican en
busca de méritos personales. La impuesta a nosotros es un ejemplo de la aplicada
por un gobierno, las restricciones que vivieron las tripulaciones posteriores a
la nuestra, es un ejemplo de la que imponen los hombres, de ambas, nuestras
vidas se encuentran saturadas y la miseria actual no se puede ocultar.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal.. Canadá
2002-11-16
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