Bandera de Cuba
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S.O.S. “LIBERTAD”

La balsa salvavidas ya había sido amarrad firmemente a estribor de la embarcación de guerra norteamericana, y por la escala comenzaron a subir los náufragos, primero los más débiles, luego los que aún podían hacerlo prácticamente sin auxilio, entre ellos el fogonero del “Libertad“, Emilio Núñez Sánchez; un joven marinero estadounidense le ofreció su fornido brazo, -Are you okey?-.

 Ya en cubierta los sobrevivientes fueron arropados con gruesas mantas de lana y recibían la atención del personal sanitario de salvamento. Cuando uno de los oficiales americanos extendió a Emilio una vasija de aluminio con sopa hirviente, a penas éste podía sostenerlas entre sus manos temblorosas. Cuando los náufragos fueron acomodados en el buque este puso rumbo hacia una Estación Naval del US Navy, Emilio trataba de recomponer las dramáticas horas vividas; su buque, el “Libertad“, había zarpado del Puerto de Antillas conduciendo en sus bodegas 60.000 sacos de azúcar con destino a Baltimore.

 Después de tres días de travesía escoltado por una cañonera, arribaron al puerto norteamericano de Key West con el objeto de unirse a un convoy compuesto por once buques mercantes estadounidenses y uno sueco; el “Libertad” fue el cuarto barco en abandonar el abrigo del puerto en la tercera línea de babor, custodiados por cuatro, torpederas.

Durante tres días navegaron con mar gruesa; a punto estaba de dar la madrugada del sábado, cuando Emilio se asomó al puente y observó a través de la inmensa oscuridad, la silueta de las naves que mantenían su monótonos e inalterables rumbos; a lo lejos dos de los buques de guerra intercambiaban señales con el blinker que se confundían con las enormes descargas eléctricas de los relámpagos que se dibujaban en el horizonte. El tiempo había empeorado y el “Libertad” hundía una y otra vez su proa en las intranquilas aguas, mientras las olas como torrentes barrían la cubierta, haciendo zarandear la nave, a pesar de la pesada carga que llevaba en sus bodegas.

 A la memoria del rudo marinero de 47 años, de rostro noble, sien encanecida y de profunda mirada azul, vinieron aquellos recuerdos de la infancia transcurridos en su querido pueblo Villareño de Cifuentes, imaginándose al lomo de la yegua del tío Perico, cazando pichones o persiguiendo mariposas multicolores; también pensaba en su dulce esposa y en sus tres hijos que aguardaban su regreso al cálido hogar de la calle Oficios 304.

 Cerca de las 00:10 hs del sábado 4 de Diciembre de 1943, Emilio decidió irse a dormir, al día siguiente estaría de franco en su guardia como fogonero, el cansancio le dominaba y nada más posar su cuerpo en la angosta litera quedó profundamente dormido; luego recordaría que esa noche, nada más dormirse, comenzó a soñar con su padre, él que había muerto hacía ya algún tiempo, pero al que siempre recordaba con ternura. En aquel sueño se veía a él mismo caminando junto a su progenitor por las calles habaneras próximas al puerto, mientras éste le contaba extraordinarias; historias de tormentas y accidentes, repitiéndole: -”hijo, mucho cuidado con el mar que está lleno de peligros”; aquello, recordaría también el marinero, fue como una premonición, porque a las; cuatro y dos minutos de la madrugada, por primera vez en muchos años, los tañidos de la campana del cuarto de máquinas que anunciaba el relevo de los equipos, le habían despertado; segundos después, mientras reanudaba el sueño reparador, una enorme estampida, seca y brutal hizo estremecer el buque de babor a estribor. De un salto Emilio abandonó su litera, mientras que muy cerca de él, su amigo, el negrito Atilano Barreiro, otro de los fogoneros del mercante hacia lo mismo al tiempo que exclamaba: -”¡Emilio, coño, esto es un choque!.

 Emilio y Atilano corrieron a cubierta para averiguar que pasaba, sin reparar en nada más, como intuyendo que cada segundo transcurrido era decisivo; Emilio, luego recordaría, que había dejado en la gaveta de su pequeño armario del camarote, cincuenta y seis pesos y su reloj de oro “comprado a plazos” en una joyería de la calle Monte. Ya en cubierta, advirtieron la catástrofe; miembros de la tripulación corrían de un lado a otro en todas direcciones, de entre las escotillas y ojos de buey salían voces de auxilio y espantosos gritos de angustia, entre enormes llamaradas y espesas nubes de asfixiante humo negro. Desde el puente de mando se oían incesantes silbatos de alarma, avisando del peligro a la tripulación.

 Emilio se arrojó al mar por estribor, sin pensarlo dos veces, mientras Atilano hacia lo mismo por el lado de babor, con la intensión ambos de nadar hasta las balsa salvavidas que ya no estaban en las jarcias, sino flotando sobre las olas; Emilio nadó en dirección a una de ellas, distante a unos cincuenta metros y mientras nadaba volvió su vista a tras y pudo observar como en la barandilla exterior del puente de mando, el Capitán del barco, Gondra Urrutia, con gesto sereno, aferrándose al pasamanos y como un viejo lobo de mar, decidía hundirse con su nave.

 El marinero continuo nadando desesperadamente, mientras no cesaba de gritar a su compañero: -¡Atilano a la derecha, nada a la derecha, Atilano!-; pero no recibió respuesta; al alcanzar la balsa, presa de la fatiga y el frió que ya comenzaba a calarle hasta los huesos, no dejó de gritarle a su compañero con ayuda del Contramaestre Carlos Aguayo Díaz; pero todo resultó inútil, el simpático negrito, Atilano Barreiro, había perecido ahogado al ser succionado por el remolino formado por las aguas que se habían tragado al “Libertad“, en apenas unos pocos minutos.

 Un inmenso sentimiento de desolación se apoderó de los náufragos, que yacían en la balsa ocupada por Emilio. Llenos de rabia y de dolor se disponían a enfrentar los peligros que se avecinaban; colocando las horquillas, encajaron los remos y comenzaron a dar vueltas en un mar alborotado y hundido en las tinieblas, de donde provenían constantemente angustiosas voces de auxilio, que les llenaron de bríos para salir a la búsqueda de sus compañeros en apuros. Poco a poco fueron rescatando algunos de sus camaradas, primero Mario González Cabrera, marinero; a continuación Antonio Montenegro, agregado de máquinas; poco después Demetrio Giménez, timonel; Manuel Laguna, camarero, José Cabañas, segundo oficial de máquinas; minutos más tarde a Secundino Vizoso, marinero; a Luís Nodal Negrín, mecánico; y a Antonio Rodríguez Iriepa, ayudante de máquinas, que a punto estuvo de morir ahogado. Poco después continuaron remando sin rumbo fijo durante un tiempo indeterminado, hasta que dieron con otra de las balsas de salvamento que se encontraba al garete y que sólo estaba ocupada por dos hombres, Gabino Pedroso, cocinero y Francisco López Fraga, ayudante de máquinas. A continuación decidieron dividirse los marineros entre ambas embarcaciones y las aparejaron para evitar perderse en la oscuridad de la noche y de esta manera comenzaron a flotar al pairo, entre los restos esparcidos del Libertad que aún se mantenían a flote, tales como bidones de aceite semivacíos, cestas y trozos de madera de la cubierta etc.

 El “Libertad” había sido torpedeado por el U-129 comandado por Richard von Harpe, a unas cincuenta millas de Cabo Hateras y el resto del convoy había seguido su rumbo desapareciendo en la oscuridad. El torpedo había hecho impacto en el combés del buque en la línea de flotación, destrozando el cuarto de máquinas y dejando un impresionante boquete que provocó la rápida desaparición del buque hundiéndose por la popa, llevándose en su dantesca inmersión a veinticinco de sus tripulantes.

 Dramáticas fueron las horas que siguieron al hundimiento, la mayoría de los supervivientes, a penas sin ropas, sin lonas para cubrirse de la incesante lluvia y el frío, disponían sólo de una pequeña lata de galletas como único alimento y cuatro cubetas de emergencia con agua potable, que fueron protegidas convenientemente, al tiempo que se planificaba su suministro, ante la incertidumbre de que pudieran transcurrir horas, quizás días, en solitario en aquel mar embravecido, sin otros recursos con que contar. Al amanecer del día siguiente, prácticamente todos yacían dormidos, abrazados entre si con el objeto de paliar el frío provocado por las bajas temperaturas reinantes; cerca del atardecer uno de los náufragos advirtió la presencia de un avión norteamericano de reconocimiento, que al descubrirles comenzó a volar, describiendo círculos en torno a las embarcaciones, mientras los náufragos no paraban de hacer señales con sus camisas. La tripulación del avión realizó dos pases a baja altura, con la intención de dejar bien claro, que habían reconocido la presencia de las balsas, para luego alejarse y desaparecer en el horizonte. El ánimo de los sobrevivientes se puso de manifiesto, aquel vuelo de reconocimiento era una razón más que suficiente para pensar que pronto aquel infierno tocaría a su fin; se hizo de noche en medio de un mar embravecido por el mal tiempo. Al amanecer del día siguiente fueron despertados por el poderoso rugir de los motores de tres aviones de reconocimiento, entonces observaron como se aproximaban dos dirigibles, cuyas tripulaciones hacían señas de que aguantaran un poco más. Al saberse localizados y con la esperanza de que el rescate era sólo cuestión de horas, los náufragos optaron por permanecer tranquilos y a la espera, tranquilidad que sólo se vio rota ante la presencia de decenas de enormes tiburones, que no cesaban de dar vueltas en torno a las balsas salvavidas con ademán agresivo. Cerca de las 17:00 hs de aquel mismo día, Emilio y sus compañeros, después de treinta y siete horas ininterrumpidas de fatiga y tensión, vieron aproximarse a dos cazasubmarinos que acudían a su rescate.

Emilio abandonó su reflexión, cuando el ayudante de máquinas Antonio Rodríguez Iriepa, dándole un golpecito en el hombro exclamó: -¡Emilio, Compay, nos hemos salvado en tabla de guayaba!

NOTA: Esta versión la he elaborado sobre la base del testimonio personal de Emilio Núñez Sánchez, fogonero del mercante Libertad y sobreviviente del naufragio.

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