Bandera de Cuba
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El 10 de marzo de 1952


Por ALBERTO A. VILAR

Golpe de Estado del 10 de Marzo de 1952

Eran aproximadamente las 5 de la mañana cuando sonó el teléfono al lado de mi cama. Me llamaban del Canal 4 de televisión para pedirme que fuera enseguida a la estación porque Fulgencio Batista había entrado en Columbia. El recorrido desde mi casa en el Biltmore hasta la emisora fue rápido, pues no había tráfico. La ciudad dormía, ajena a lo que estaba sucediendo.

Cuando llegué a la estación, el camión para transmisiones por control remoto ya estaba listo, y los camarógrafos y técnicos en sus puestos. Uno de los camarógrafos de películas de nuestro noticiero era a su vez teniente del ejército y nos había avisado y arreglado la entrada en el campamento militar de Columbia.

Cuando llegamos a la garita de entrada, por la calzada de Columbia, ya nos esperaban. Batista no sabía si iba a tener éxito su plan y quería tener la televisión en caso de que tuviera que dirigirse a la nación. Ese era el motivo por el cual nos facilitaban todo. Como responsable de la transmisión, yo era la persona que tenía que hacer los arreglos.

El camión se estacionó en la-puerta del Club de Oficiales donde Batista se encontraba. Entré. Batista salía del teatro donde había arengado a las tropas. Eran ya alrededor de las 10 de la mañana. El calor dentro del teatro era asfixiante. Batista, rodeado de soldados salió por la última puerta. Subió por la escalera del edificio a una oficina que estaba en el segundo piso.

Amaya Morillo salió del teatro, y al verme; vino a saludarme. Se desmayó delante de mi. Le había dado un infarto, e inmediatamente fue trasladado al hospital militar.

Soldados con rifles extendidos de un costado al otro de la escalera que conducía del vestíbulo al segundo piso, evitaban que se pudieras subir. Llegan Roberto Fernández Miranda que era Miembro del ejército, y cl doctor Carlos Salas Humara, cuñado y concuño, respectivamente de Batista.

Me invitaron a subir con ellos. Había que ir saltando los rifles, pues los soldados no los quitaban. En el vestíbulo de la entrada al Club había un soldado detrás de una mesa. A todos los oficiales que llegaban les preguntaban que con quien estaban, si con el gobierno o con la revolución. Si decían que con la revolución, tenían a que dejar las armas sobre la mesa y entonces los dejaban pasar. No oí a ninguno decir que estaba con el gobierno.

Cuando llegamos al segundo piso, no pudimos entrar al salón donde se encontraba Batista, pues la puerta la tenían completamente bloqueada por dentro. Salimos por una ventana a un alero, caminando por él pudimos llegar hasta el salón donde se encontraba Batista. Estaba recibiendo partes de los diferentes cuarteles del ejército a todo lo largo de la república. También recibía partes de como estaba la situación en las ciudades. Todo estaba en calma. No había ninguna protesta reportada. El ejército lo respaldaba. Su mayor preocupación, y lo repetía constantemente, era que no quería derramamiento de sangre. La isla estaba bajo el control del ejército y el ejército bajo el control de Batista.

Ya era mediodía. Batista estaba todavía con la misma ropa con la que-había entrado en Columbia durante la madrugada por la Posta 6: un pantalón caqui con una camisa blanca .y un jacket impermeable. Le avisé que las cámaras estaban listas, y que se podía trasmitir. El pidió aplazar para más tarde la alocución al pueblo. Cuando consideró que todo estaba bajo control, decidió bañarse y ponerse otra ropa para hablar por televisión. Todos los que estábamos en el salón lo seguirnos, bajando por la escalera por la cual él había subido, llegando a un salón comedor donde habían unas mesas de granito, y en el salón contiguo estaban las duchas.

Fernández Miranda y yo nos sentamos en uno de los bancos que había delante de cada mesa. Batista se dirigió a su cuñado, sacó la pistola que tenía en el cinto y se la puso enfrente sobre la mesa. Esta era la famosa pistola a la que él se refirió más tarde, diciendo que sólo tenía una bala, y que estaba en el directo. Al día siguiente un periódico publicó en primera plana un cintillo que decía: “Batista se puso el jacket”.

Nuevo gabinete
 Cuando salió, ya vestido, se dirigió al salón donde estaban instaladas las cámaras, cruzando todo el vestíbulo del primer piso. Las tropas que estaban apostadas lo aclamaban. Una vez en el salón se dedicó a llamar por teléfono a diferentes personas para formar su gabinete.- Las primeras llamadas resultaron infructuosas, ya que rechazaron lo que él les ofrecía. El primero en aceptar fue el Dr. Céspedes, que se se convirtió en ministro de Justicia. Abajo en el jardín del Club de Oficiales se encontraban senadores, representantes y otros funcionarios públicos que habían venido a ofrecerle su respaldo, entre ellos su hermano Panchín.

Llegó un automóvil y se estacionó al costado del edificio. Adentro estaba el Presidente Grau, y su sobrino Pepe San Martín. Batista preguntó que por qué los habían traído y ordenó que los dejaran marchar.

Llegan dos militares del ejército norteamericano en trajes de campaña y Batista se retira con ellos a una esquina del salón. Conversan y enseguida los militares se marchan. Los que estaban en salón dicen que es que Estados Unidos reconoce el nuevo gobierno.

La tarde ha avanzado, cuando avisan que había llegado la señora de Batista, Marta Fernández Miranda. Es conducida al salón donde estaba Batista. Cuando ella entra, se dirige de inmediato a donde estaba él y se abrazan.

El tumulto es enorme, pues ya habían entrado fotógrafos de todos los periódicos. Subo la cámara y empiezo a filmar. No sé lo que estoy filmando, pues no puedo ver. Al día siguiente cuando veo las películas, me sorprendo, pues aparece Batista con lágrimas en los ojos. Restablecido el orden, logro combinarlo todo para empezar la transmisión. Decido que sea Ernesto de la Fé el que presente a Batista. Terminada la transmisión, salimos de Columbia muy cerca de las 8 de la noche. Habíamos estado 14 horas en medio de la historia. Cuando abandonamos Columbia, las calles estaban tranquilas. No había derramamiento de sangre. La inmensa mayoría del pueblo había aceptado a Batista. Yo había sido, sin quererlo, testigo de un hecho que ha pasado a ser parte de la historia de Cuba, y que 41 años después todavía se sigue hablando de él.

ALBERTO A. VILAR
 Gerente de Circulación y Relaciones Comunitaria de El Nuevo Herald.

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